Señor, tú me diste un capullo
Yo quería un jardín rozagante
sin ojas secas, sin otoño,
saludable y hermoso.
Y me diste un capullo
suave y bello, pero delicado,
tanto que un viento frío lo enfermaba.
Yo extremé los cuidados:
Lo regué, lo protegí del cierzo
lo rodeé con mis manos.
Pero el capullo blanco y delicado
se moría.
Airada protesté por el capullo,
pero mucho más por mí.
Lancé mi voz al viento preguntando
"¿por qué yo, Señor, por qué mi flor?"
Tú guardabas silencio; al menos no te oí.
Los gritos de mi angustia acallaban tu voz.
Sin pausa, el viento frío de los días
fue deshojando el cáliz
tierno y sedoso de mi pequeña flor.
Y cuando al fin, e una madrugada
su corola impoluta se abatió en el silencio
mis ojos fueron ríos y mis manos temblor.
Entonces, en el árido silencio de mi valle
tu voz, como un silbido, me llegó al corazón:
"No te desangres más por tu inocente rosa,
sus débiles raíces se hundieron en mi corazón;
mi ángel guardará tu pequeña parcela
y en el huerto renovado volverá a florecer.
¿Pero entiendes ahora el dolor que he sufrido
al ver mi propio vástago padecer y morir?...
¡Qué inclemente la lanza clavada en su costado;
qué injustos los clavos que horadaron su piel!
¡Toda muerte me hiere; toda herida me mata.
En el dolor del hijo muchas veces morí!
Levanta tu cabeza, yo enjugaré tu llanto
sin defecto, tu rosa volverá a florecer;
no llevará las huellas odiadas de la muerte
y en sus pétalos puros sólo habrá perfección.
Mas, en las manos nobles y rudas del Cordero
estarán para siempre las huellas de la Cruz."
Bajé la cabeza. Sin palabras quedé.
Sentí que la vergüenza
invadía mi rostro y mi mente el pesar,
y me vi abochornada,
clavando con mis manos
los clavos de la Cruz.
Comprendí la soberbia entonces de mis quejas
y el viento de la tarde se llevó mi oración:
¡Que tus huellas eternas mi flor y yo besemos
al cruzar de aquel huerto felices el umbral!
Graciela Bentancor.

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