Contaba apenas con ocho años cuando lo vio por primera vez. Verde, punzante, con sus vibrantes botones rosa apretados en generosos ramilletes brillando al sol en aquella hermosa y cálida mañana de otoño.
Su corazón tierno de niña se llenó de una alegría inexplicable, de un gozo misterioso que anticipaba tal vez los hermosos días que pasaría en aquella estancia.
El abuelo Gregorio había adquirido aquella finca hacía no mucho tiempo y toda la familia disfrutaba de las inefables colinas que rodeaban la vieja casona; del camino solariego bordeado de viejos robles, y más allá, el monte de eucaliptos.
Estaba también la laguna, donde su prima Julia con Esteban, su hermano, solían deleitarse “pescando”, los fines de semana.
Más allá se extendía un campo de trigo, que su abuelo había hecho plantar para “probar suerte” con las faenas del campo.
Si le iba bien, se mudaría definitivamente para la casona, abandonando para siempre el ritmo loco de la ciudad y su creciente inseguridad.
Pero la casona parecía estar hecha para las vacaciones, para ir a pasar unos hermosos días de ensueño y solaz, solaz que se quebraría de adoptarse aquella casa como residencia definitiva.
Así, sin gente viviendo allí todos los días, haciendo de su vida una trágica rutina, parecía un cuadro, (pintado al óleo, quizás), enmarcado en el tiempo y en el espacio, inmóvil y mudo ante la sorpresiva invasión de aquellas gentes extrañas y nuevas para él.
Y allí estaba “él”, magnífico y exultante, brillando al sol sobre los ligustrinos que bordeaban el camino a la finca, como si fuera un manto que alguien hubiese extendido caritativamente sobre el serpenteante muro, a fin de protegerlo del frío que bajaba en las tardecitas.
Así, de repente, la primera vez que lo vio, su alma se estremeció por el aroma suave y dulce que penetró por sus narices hasta llegar a lo más profundo de su ser, para instalarse allí y quedarse para siempre, como pegado a aquella imagen de la casa de su abuelo , que era como una fotografía perfumada, como una postal aromatizada, que le acompañaría días y meses, años y décadas, para siempre, a lo largo de su vida, y a la que acudiría cada vez que un mal momento, o uno bueno, una alegría o una tristeza, un nacimiento o una pérdida, un afán o un logro; la sacaban de su rutinaria vida y la remontaban, en un segundo, a aquella lejana casa, que fuera su delicia en los años de su niñez.
Hoy, al recordarlo, su alma otra vez se llena de perfume, su corazón palpita y el pulso le late aceleradamente.
Y le parece estar viendo, muy cerca, al alcance de la mano, tanto como para llenarse el pecho de espléndidos botones rosados, el rosedal.
El objetivo de este pequeño cuento es recrear momentos de gozo y felicidad, que casi todos hemos vivido en nuestra más tierna infancia, y sacar a luz el provecho que de ellos podemos hacer en años posteriores, o en momentos más aciagos.
Escrito por Marisunga
"EXITO ES AMAR LA VIDA Y ATREVERSE A VIVIRLA" (Maya Angelou)
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