Tengo una amiga gitana. Su nombre es Camila. Mejor dicho, Micaela, pero yo le digo Camila. No puedo nunca recordar su nombre correctamente.
La conocí un domingo que llegó hasta mi puerta, y me dijo: ¡Amiga!, y luego, muy displiscentemente, me preguntó si no quería comprar algunos artículos que ella llevaba para la venta.
"Es para ayudarme", dijo, (ella, a ella misma, no yo a ella). Vendía breteles para corpiños y otras menudeces.
Yo, por ayudarle y porque me cayó muy bien su cara de ángel y su trato grato, le compré algunas nimiedades.
Entusiamada por su recién adquirido cliente, a los pocos días volvió a tocarme la puerta. -¡Amiga!- , dijo, en tono muy coloquial, como para ir ganando confianza en el terreno de la amistad, y sobre todo, en mi corazón.
"Tú tienes nietos" , verdad?, preguntó , y a continuación, como quien no quiere la cosa, o como si yo le hubiese contestado algo, continuó: "porque traigo hoy unas ropitas muy lindas, todas bonitas y a muy bajo precio.
Ése día no le compré, pero desde entonces hemos establecido una relación que vá más allá de lo comercial.
Me visita muy seguido, y siempre que está a mi alcance, y puedo, le compro alguna cosita, ya que es para "ayudarse". Y conozco sus necesidades, ya que luego supe que no vivía muy lejos de casa, y comprobé que eran verdad sus afanes.
Siempre que me vé por la calle, aunque sea de lejos, me saluda: "¡chau amiga!", agitando su mano en alto.
A veces también me pide monedas, cuando no le compro nada, aunque siempre es por algo a cambio.
Por ejemplo, por mostrarme su cuaderno.
Mi amiga tiene ocho años.
Ah, Mary.que ternura de relato. Ese remate fue genial, le da un significado lleno de admirada dulzura. Un hermoso personaje, y una hermosa forma de presentarlo. ¡Qué alegría me da encontrar tus escritos!
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