El paso de los años no logró mitigar su dolor, pero las ausencias del desamor la llevaron al fin a dejar de inventar razones y buscar culpables. Poco a poco el hueco de su alma se fue llenando de nada y de una oscura resignación. Habitó entre las sombras hasta que el diablillo incansable de Cupido la volvió a herir con una de sus flechas y ella, que aún conservaba su infantil inocencia volvió a entregar alma y corazón al amor, sintiéndose dueña de la luna, del sol y las estrellas. Otra vez el destino le jugó una mala pasada y aquel ser que había puesto los astros en su mano se dejó ganar por el miedo y abandonó la partida cuando la lucha por el amor se hizo cruenta. Esta vez la herida fue de muerte...fue peor el abismo, más oscuro y profundo. De habitarlo, su alma y corazón se cubrieron de hielo y desde entonces no vive ni sueña. Transita la senda por inercia, fría, inerte, implacable. No siente. Duda. Y doblega sus miedos con una actitud a veces hostil, a veces sarcástica, para evitar ser herida. Alguna vez soñó que un Caballero Andante venía a rescatarla en su alado corcel y la llevaba en andas hacia la luz del amor. Que con su mágica espada rompía hielos y cadenas para liberar a su alma encarcelada hace ya tanto tiempo y juntos volaban hasta el mar de la felicidad para abrevar en sus aguas...pero sólo fue un sueño.Alma de Mujer
no puedo leer este tramo sin que de mis ojos se escape una lágrima.
ResponderEliminarcaracol empedernido.
Esta, por ventura, es una faceta del amor pero él siempre permanece en nosotros para poder volcarlo en todos los que nos rodean de mil formas y nombres...
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