Señor,
cuando tú te llevaste a Valeria
sucedió todo tan repentino
que a pesar de saber que nos amas,
que tú lloras con nosotros si sufrimos,
yo no quise entender, y grité.
¡Te negué, mi Señor, como Pedro en su noche triste!
Mas, también, como Pedro, yo sé,
que tú buscas en mí oro fino.
Y que habiendo sabido, no vi
que tendíame trampa el maligno.
Y también como Pedro, lloré,
¡por haberte negado, Dios mío!
Hoy espero aquel día cuando tú
volverás a la tierra por los redimidos.
¡Y Valeria , sonriente vendrá,
tan alegre como siempre ha sido!
Y veremos a Ceci, sanita,
junto a todos los seres queridos
y veremos tu rostro, Jesús,
¡y estaremos por siempre contigo!
Dionisia Josefa C. de Bentancor.
(septiembre, 1995)
No hay comentarios:
Publicar un comentario